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Full text of "La Casa Inundada"

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La casa inundada 


Felisberto Hernández 


Edición Dominio Público 



La casa inundada 

Felisberto Hernández 


EDICIÓN DOMINIO PÚBLICO 


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La Fundación Felisberto Hernández ha revisado los textos 
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Uruguay ha renunciado a todos los derechos de autor relativos a la 
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índice 


La casa inundada.5 

El cocodrilo.33 





La casa inundada 


De esos días siempre recuerdo primero las vueltas en un bote 
alrededor de una pequeña isla de plantas. Cada poco tiempo las 
cambiaban; pero allí las plantas no se llevaban bien. Yo remaba 
colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita. Si ella 
miraba la isla un rato largo, era posible que me dijera algo; pero no lo 
que me había prometido: sólo hablaba de las plantas y parecía que 
quisiera esconder entre ellas otros pensamientos. Yo me cansaba de 
tener esperanzas y levantaba los remos como si fueran manos 
aburridas de contar siempre las mismas gotas. Pero ya sabía que, en 
otras vueltas del bote, volvería a descubrir, una vez más, que ese 
cansancio era una pequeña mentira confundida entre un poco de 
felicidad. Entonces me resignaba a esperar las palabras que me 
vendrían de aquel mundo, casi mudo, de espaldas a mí y deslizándose 
con el esfuerzo de mis manos doloridas. 

Una tarde, poco antes del anochecer, tuve la sospecha de que el 
marido de la señora Margarita estaría enterrado en la isla. Por eso 
ella me hacía dar vueltas por allí y me llamaba en la noche -si había 
luna- para dar vueltas de nuevo. Sin embargo el marido no podía 
estar en aquella isla: Alcides -el novio de la sobrina de la señora 
Margarita- me dijo que ella había perdido el marido en un precipicio 
de Suiza. Y también recordé lo que me contó el botero la noche que 


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llegué a la casa inundada. Él remaba despacio mientras recorríamos 
“la avenida de agua”, del ancho de una calle y bordeada de plátanos 
con borlitas. Entre otras cosas supe que él y un peón habían llenado 
de tierra la fuente del patio para que después fuera una isla. Además 
yo pensaba que los movimientos de la cabeza de la señora Margarita 
-en las tardes que su mirada iba del libro a la isla y de la isla al libro- 
no tenían relación con un muerto escondido debajo de las plantas. 
También es cierto que una vez que la vi de frente tuve la impresión 
de que los vidrios gruesos de sus lentes les enseñaban a los ojos a 
disimular y que la gran vidriera terminada en cúpula que cubría el 
patio y la pequeña isla, era como para encerrar el silencio en que se 
conserva a los muertos. 

Después recordé que ella no había mandado hacer la vidriera. Y 
me gustaba saber que aquella casa, como un ser humano, había 
tenido que desempeñar diferentes cometidos: primero fue casa de 
campo; después instituto astronómico; pero como el telescopio que 
habían pedido a Norteamérica lo tiraron al fondo del mar los 
alemanes, decidieron hacer, en aquel patio, un invernáculo; y por 
último la señora Margarita la compró para inundarla. 

Ahora, mientras dábamos vuelta a la isla, yo envolvía a esta señora 
con sospechas que nunca le quedaban bien. Pero su cuerpo inmenso, 
rodeado de una simplicidad desnuda, me tentaba a imaginar sobre él, 
un pasado tenebroso. Por la noche parecía más grande, el silencio lo 
cubría como un elefante dormido y a veces ella hacía una carraspera 
rara, como un suspiro ronco. 

Yo la había empezado a querer, porque después del cambio brusco 
que me había hecho pasar de la miseria a esta opulencia, vivía en una 
tranquilidad generosa y ella se prestaba -como prestaría el lomo una 
elefanta blanca a un viajero- para imaginar disparates entretenidos. 
Además, aunque ella no me preguntaba nada sobre mi vida, en el 
instante de encontrarnos, levantaba las cejas como si se le fueran a 


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volar, y sus ojos, detrás de los vidrios, parecían decir: “¿Qué pasa hijo 
mío?”. 

Por eso yo fui sintiendo por ella una amistad equivocada; y si 
ahora dejo libre mi memoria se me va con esta primera señora 
Margarita; porque la segunda, la verdadera, la que conocí cuando ella 
me contó su historia, al fin de la temporada, tuvo una manera extraña 
de ser inaccesible. 

Pero ahora yo debo esforzarme en empezar esta historia por su 
verdadero principio, y no detenerme demasiado en las preferencias 
de los recuerdos. 

Alcides me encontró en Buenos Aires en un día que yo estaba 
muy débil, me invitó a un casamiento y me hizo comer de todo. En el 
momento de la ceremonia, pensó en conseguirme un empleo, y 
ahogado de risa, me habló de una “atolondrada generosa” que podía 
ayudarme. Y al final me dijo que ella había mandado inundar una 
casa según el sistema de un arquitecto sevillano que también inundó 
otra para un árabe que quería desquitarse de la sequía del desierto. 
Después Alcides fue con la novia a la casa de la señora Margarita, le 
habló mucho de mis libros y por último le dijo que yo era un 
“sonámbulo de confianza”. Ella decidió contribuir, en seguida, con 
dinero; y en el verano próximo, si yo sabía remar, me invitaría a la 
casa inundada. No sé por qué causa, Alcides no me llevaba nunca; y 
después ella se enfermó. Ese verano fueron a la casa inundada antes 
que la señora Margarita se repusiera y pasaron los primeros días en 
seco. Pero al darle entrada al agua me mandaron llamar. Yo tomé un 
ferrocarril que me llevó hasta una pequeña ciudad de la provincia, y 
de allí a la casa fui en auto. Aquella región me pareció árida, pero al 
llegar la noche pensé que podía haber árboles escondidos en la 
oscuridad. El chofer me dejó con las valijas en un pequeño 
atracadero donde empezaba el canal, “la avenida de agua”, y tocó la 
campana, colgada de un plátano; pero ya se había desprendido de la 


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casa la luz pálida que traía el bote. Se veía una cúpula iluminada y al 
lado un monstruo oscuro tan alto como la cúpula. (Era el tanque del 
agua.) Debajo de la luz venía un bote verdoso y un hombre de blanco 
que me empezó a hablar antes de llegar. Me conversó durante todo el 
trayecto (fue él quien me dijo lo de la fuente llena de tierra). De 
pronto vi apagarse la luz de la cúpula. En ese momento el botero me 
decía: “Ella no quiere que tiren papeles ni ensucien el piso de agua. 
Del comedor al dormitorio de la señora Margarita no hay puerta y 
una mañana en que se despertó temprano, vio venir nadando desde 
el comedor un pan que se le había caído a mi mujer. A la dueña le dio 
mucha rabia y le dijo que se fuera inmediatamente y que no había 
cosa más fea en la vida que ver nadar un pan”. 

El frente de la casa estaba cubierto de enredaderas. Llegamos a un 
zaguán ancho de luz amarillenta y desde allí se veía un poco del gran 
patio de agua y la isla. El agua entraba en la habitación de la izquierda 
por debajo de una puerta cerrada. El botero ató la soga del bote a un 
gran sapo de bronce afirmado en la vereda de la derecha y por allí 
fuimos con las valijas hasta una escalera de cemento armado. En el 
primer piso había un corredor con vidrieras que se perdían entre el 
humo de una gran cocina, de donde salió una mujer gruesa con flores 
en el moño. Parecía española. Me dijo que la señora, su ama, me 
recibiría al día siguiente; pero que esa noche me hablaría por 
teléfono. Los muebles de mi habitación, grandes y oscuros, parecían 
sentirse incómodos entre paredes blancas atacadas por la luz de una 
lámpara eléctrica sin esmerilar y colgada desnuda, en el centro de la 
habitación. La española levantó mi valija y le sorprendió el peso. Le 
dije que eran libros. Entonces empezó a contarme el mal que le había 
hecho a su ama, tanto libro”; y “hasta la habían dejado sorda, y no le 
gustaba que le gritaran”. Yo debo haber hecho algún gesto por la 
molestia de la luz. -¿A usted también le incomoda la luz? Igual que a 
ella. Fui a encender una portátil; tenía pantalla verde y daría una 


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sombra agradable. En el instante de encenderla sonó el teléfono 
colocado detrás de la portátil, y lo atendió la española. Decía muchos 
“sí” y las pequeñas flores blancas acompañaban conmovidas los 
movimientos del moño. Después ella sujetaba las palabras que se 
asomaban a la boca con una sílaba o un chistido. Y cuando colgó el 
tubo suspiró y salió de la habitación en silencio. 

Comí y bebí buen vino. La española me hablaba pero yo, 
preocupado de cómo me iría en aquella casa, apenas le contestaba 
moviendo la cabeza como un mueble en un piso flojo. En el instante 
de retirar el pocilio de café de entre la luz llena de humo de mi 
cigarrillo, me volvió a decir que la señora me llamaría por teléfono. 
Yo miraba el aparato esperando continuamente el timbre, pero sonó 
en un instante en que no lo esperaba. La señora Margarita me 
preguntó por mi viaje y mi cansancio con voz agradable y tenue. Yo 
le respondí con fuerza separando las palabras. 

-Hable naturalmente -me dijo-, ya le explicaré por qué le he 
dicho a María (la española) que estoy sorda. Quisiera que usted 
estuviera tranquilo en esta casa; es mi invitado; sólo le pediré que 
reme en mi bote y que soporte algo que tengo que decirle. Por mi 
parte haré una contribución mensual a sus ahorros y trataré de serle 
útil. He leído sus cuentos a medida que se publicaban. No he querido 
hablar de ellos con Alcides por temor a disentir; soy susceptible; pero 
ya hablaremos... 

Yo estaba absolutamente conquistado. Hasta le dije que al día 
siguiente me llamara a las seis. Esa primera noche, en la casa 
inundada, estaba intrigado con lo que la señora Margarita tendría que 
decirme, me vino una tensión extraña y no podía hundirme en el 
sueño. No sé cuándo me dormí. A las seis de la mañana, un pequeño 
golpe de timbre, como la picadura de un insecto, me hizo saltar en la 
cama. Esperé, inmóvil, que aquello se repitiera. Así fue. Levanté el 
tubo del teléfono. 


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-¿Está despierto? 

-Es verdad. 

Después de combinar la hora de vernos me dijo que podía bajar 
en piyama y que ella me esperaría al pie de la escalera. En aquel 
instante me sentí como el empleado al que le dieran un momento 
libre. 

En la noche anterior, la oscuridad me había parecido casi toda 
hecha de árboles; y ahora, al abrir la ventana, pensé que ellos se 
habrían ido al amanecer. Sólo había una llanura inmensa con un aire 
claro; y los únicos árboles eran los plátanos del canal. Un poco de 
viento les hacía mover el brillo de las hojas; al mismo tiempo se 
asomaban a la “avenida de agua” tocándose disimuladamente las 
copas. Tal vez allí podría empezar a vivir de nuevo con una alegría 
perezosa. Cerré la ventana con cuidado, como si guardara el paisaje 
nuevo para mirarlo más tarde. 

Vi, al fondo del corredor, la puerta abierta de la cocina y fui a 
pedir agua caliente para afeitarme en el momento que María le servía 
café a un hombre joven que dio los “buenos días” con humildad; era 
el hombre del agua y hablaba de los motores. La española, con una 
sonrisa, me tomó de un brazo y me dijo que me llevaría todo a mi 
pieza. Al volver, por el corredor, vi al pie de la escalera -alta y 
empinada- a la señora Margarita. Era muy gruesa y su cuerpo 
sobresalía de un pequeño bote como un pie gordo de un zapato 
escotado. Tenía la cabeza baja porque leía unos papeles, y su trenza, 
alrededor de la cabeza, daba la idea de una corona dorada. Esto lo iba 
recordando después de una rápida mirada, pues temí que me 
descubriera observándola. Desde ese instante hasta el momento de 
encontrarla estuve nervioso. Apenas puse los pies en la escalera 
empezó a mirar sin disimulo y yo descendía con la dificultad de un 
líquido espeso por un embudo estrecho. Me alcanzó una mano 
mucho antes que yo llegara abajo. Y me dijo: 


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-Usted no es como yo me lo imaginaba... siempre me pasa eso. Me 
costará mucho acomodar sus cuentos a su cara. 

Yo, sin poder sonreír, hacía movimientos afirmativos como un 
caballo al que le molestara el freno. Y le contesté: 

-Tengo mucha curiosidad de conocerla y de saber qué pasará. 

Por fin encontré su mano. Ella no me soltó hasta que pasé al 
asiento de los remos, de espaldas a la proa. La señora Margarita se 
removía con la respiración entrecortada, mientras se sentaba en el 
sillón que tenía el respaldo hacia mí. Me decía que estudiaba un 
presupuesto para un asilo de madres y no podría hablarme por un 
rato. Yo remaba, ella manejaba el timón, y los dos mirábamos la 
estela que íbamos dejando. Por un instante tuve la idea de un gran 
error; yo no era botero y aquel peso era monstruoso. Ella seguía 
pensando en el asilo de madres sin tener en cuenta el volumen de su 
cuerpo y la pequeñez de mis manos. En la angustia del esfuerzo me 
encontré con los ojos casi pegados al respaldo de su sillón; y el barniz 
oscuro y la esterilla llena de agujeritos, como los de un panal, me 
hicieron acordar de una peluquería a la que me llevaba mi abuelo 
cuando yo tenía seis años. Pero estos agujeros estaban llenos de la 
bata blanca y de la gordura de la señora Margarita. Ella me dijo: 

-No se apure; se va a cansar en seguida. 

Yo aflojé los remos de golpe, caí como en un vacío dichoso y me 
sentí por primera vez deslizándome con ella en el silencio del agua. 
Después tuve cierta conciencia de haber empezado a remar de 
nuevo. Pero debe haber pasado largo tiempo. Tal vez me haya 
despertado el cansancio. Al rato ella me hizo señas con una mano, 
como cuando se dice adiós, pero era para que me detuviera en el 
sapo más próximo. En toda la vereda que rodeaba al lago, había 
esparcidos sapos de bronce para atar el bote. Con gran trabajo y 
palabras que no entendí, ella sacó el cuerpo del sillón y lo puso de pie 
en la vereda. De pronto nos quedamos inmóviles, y fue entonces 


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cuando hizo por primera vez la carraspera rara, como si arrastrara 
algo, en la garganta, que no quisiera tragar y que al final era un 
suspiro ronco. Yo miraba el sapo al que habíamos amarrado el bote 
pero veía también los pies de ella, tan fijos como otros dos sapos. 
Todo hacía pensar que la señora Margarita hablaría. Pero también 
podía ocurrir que volviera a hacer la carraspera rara. Si la hacía o 
empezaba a conversar yo soltaría el aire que retenía en los pulmones 
para no perder las primeras palabras. Después la espera se fue 
haciendo larga y yo dejaba escapar la respiración como si fuera 
abriendo la puerta de un cuarto donde alguien duerme. No sabía si 
esa espera quería decir que yo debía mirarla; pero decidí quedarme 
inmóvil todo el tiempo que fuera necesario. Me encontré de nuevo 
con el sapo y los pies, y puse mi atención en ellos sin mirar 
directamente. La parte aprisionada en los zapatos era pequeña; pero 
después se desbordaba la gran garganta blanca y la pierna rolliza y 
blanda con ternura de bebé que ignora sus formas; y la idea de 
inmensidad que había encima de aquellos pies era como el sueño 
fantástico de un niño. Pasé demasiado tiempo esperando la 
carraspera; y no sé en qué pensamientos andaría cuando oí sus 
primeras palabras. Entonces tuve la idea de que un inmenso jarrón se 
había ido llenando silenciosamente y ahora dejaba caer el agua con 
pequeños ruidos intermitentes. 

-Yo le prometí hablar... pero hoy no puedo... tengo un mundo de 
cosas en que pensar... 

Cuando dijo “mundo”, yo, sin mirarla, me imaginé las curvas de su 
cuerpo. Ella siguió: 

-Además usted no tiene culpa, pero me molesta que sea tan 
diferente. 

Sus ojos se achicaron y en su cara se abrió una sonrisa inesperada; 
el labio superior se recogió hacia los lados como algunas cortinas de 
los teatros, y se adelantaron, bien alineados, grandes dientes 


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brillantes. 

-Yo, sin embargo, me alegro que usted sea como es. 

Esto lo debo haber dicho con una sonrisa provocativa, porque 
pensé en mí mismo como en un sinvergüenza de otra época con una 
pluma en el gorro. Entonces empecé a buscar sus ojos verdes detrás 
de los lentes. Pero en el fondo de aquellos lagos de vidrio, tan 
pequeños y de ondas tan fijas, los párpados se habían cerrado y 
abultaban avergonzados. Los labios empezaron a cubrir los dientes de 
nuevo y toda la cara se fue llenando de un color rojizo que yo había 
visto antes en faroles chinos. Hubo un silencio como de mal 
entendido y uno de sus pies tropezó con un sapo al tratar de subir al 
bote. Yo hubiera querido volver unos instantes hacia atrás y que todo 
hubiera sido distinto. Las palabras que yo había dicho mostraban un 
fondo de insinuación grosera que me llenaba de amargura. La 
distancia que había de la isla a las vidrieras se volvía un espacio 
ofendido y las cosas se miraban entre ellas como para rechazarme. 
Eso era una pena, porque yo las había empezado a querer. Pero de 
pronto la señora Margarita dijo: 

-Deténgase en la escalera y vaya a su cuarto. Creo que luego 
tendré muchas ganas de conversar con usted. 

Entonces yo miré unos reflejos que había en el lago y sin ver las 
plantas me di cuenta de que me eran favorables; y subí contento 
aquella escalera casi blanca, de cemento armado, como un chiquilín 
que trepara por las vértebras de un animal prehistórico. 

Me puse a arreglar seriamente mis libros entre el olor a madera 
nueva del ropero y sonó el teléfono: 

-Por favor, baje un rato más; daremos unas vueltas en silencio y 
cuando yo le haga una seña usted se detendrá al pie de la escalera, 
volverá a su habitación y yo no lo molestaré más hasta que pasen dos 
días. 

Todo ocurrió como ella lo había previsto, aunque en un instante 


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en que rodeamos la isla de cerca y ella miró las plantas parecía que 
iba a hablar. 

Entonces, empezaron a repetirse unos días imprecisos de espera y 
de pereza, de aburrimiento a la luz de la luna y de variedad de 
sospechas con el marido de ella bajo las plantas. Yo sabía que tenía 
gran dificultad en comprender a los demás y trataba de pensar en la 
señora Margarita un poco como Alcides y otro poco como María; 
pero también sabía que iba a tener pereza de seguir desconfiando. 
Entonces me entregué a la manera de mi egoísmo; cuando estaba con 
ella esperaba, con buena voluntad y hasta con pereza cariñosa, que 
ella me dijera lo que se le antojara y entrara cómodamente en mi 
comprensión. O si no, podría ocurrir, que mientras yo vivía cerca de 
ella, con un descuido encantado, esa comprensión se formara 
despacio, en mí, y rodeara toda su persona. Y cuando estuviera en mi 
pieza, entregado a mis lecturas, miraría también la llanura, sin 
acordarme de la señora Margarita. Y desde allí, sin ninguna malicia, 
robaría para mí la visión del lugar y me la llevaría conmigo al 
terminar el verano. 

Pero ocurrieron otras cosas. 

Una mañana el hombre del agua tenía un plano azul sobre la mesa. 
Sus ojos y sus dedos seguían las curvas que representaban los caños 
del agua incrustados sobre las paredes y debajo de los pisos como 
gusanos que las hubieran carcomido. Él no me había visto, a pesar de 
que sus pelos revueltos parecían desconfiados y apuntaban en todas 
direcciones. Por fin levantó los ojos. Tardó en cambiar la idea de que 
me miraba a mí en vez de lo que había en los planos y después 
empezó a explicarme cómo las máquinas, por medio de los caños, 
absorbían y vomitaban el agua de la casa para producir una tormenta 
artificial. Yo no había presenciado ninguna de las tormentas; sólo 
había visto las sombras de algunas planchas de hierro que resultaron 
ser bocas que se abrían y cerraban alternativamente, unas tragando y 


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otras echando agua. Me costaba comprender la combinación de 
algunas válvulas; y el hombre quiso explicarme todo de nuevo. Pero 
entró María: 

-Ya sabes tú que no debes tener a la vista esos caños retorcidos. A 
ella le parecen intestinos... y puede llegarse hasta aquí, como el año 
pasado... -Y dirigiéndose a mí-: Por favor, usted oiga, señor, y cierre 
el pico. Sabrá que esta noche tendremos “velorio”... Sí, ella pone velas 
en unas budineras que deja flotando alrededor de la cama y se hace la 
ilusión de que es su propio “velorio”. Y después hace andar el agua 
para que la corriente se lleve las budineras. 

Al anochecer oí los pasos de María, el gong para hacer marchar el 
agua y el ruido de los motores. Pero ya estaba aburrido y no quería 
asombrarme de nada. 

Otra noche en que yo había comido y bebido demasiado, el estar 
remando siempre detrás de ella me parecía un sueño disparatado; 
tenía que estar escondido detrás de la montaña, que al mismo tiempo 
se deslizaba con el silencio que suponía en los cuerpos celestes; y con 
todo me gustaba pensar que “la montaña” se movía porque yo la 
llevaba en bote. Después ella quiso que nos quedáramos quietos y 
pegados a la isla. Ese día habían puesto unas plantas que se asomaban 
como sombrillas inclinadas y ahora no nos dejaban llegar la luz que la 
luna hacía pasar por entre los vidrios. Yo transpiraba por el calor, y 
las plantas se nos echaban encima. Quise meterme en el agua, pero 
como la señora Margarita se daría cuenta de que el bote perdía peso, 
dejé esa idea. La cabeza se me entretenía en pensar cosas por su 
cuenta: “El nombre de ella es como su cuerpo; las dos primeras 
sílabas se parecen a toda esa carga de gordura y las dos últimas a su 
cabeza y sus facciones pequeñas...”. Parece mentira, la noche es tan 
inmensa, en el campo, y nosotros aquí, dos personas mayores, tan 
cerca y pensando quién sabe qué estupideces diferentes. Deben ser 
las dos de la madrugada... y estamos inútilmente despiertos, 


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agobiados por estas ramas... Pero qué firme es la soledad de esta 
mujer... 

Y de pronto, no sé en qué momento, salió de entre las ramas un 
rugido que me hizo temblar. Tardé en comprender que era la 
carraspera de ella y unas pocas palabras: 

-No me haga ninguna pregunta... 

Aquí se detuvo. Yo me ahogaba y me venían cerca de la boca 
palabras que parecían de un antiguo compañero de orquesta que 
tocaba el bandoneón: “¿Quién te hace ninguna pregunta?... Mejor me 
dejaras ir a dormir...”. 

Y ella terminó de decir: 

-... hasta que yo le haya contado todo. 

Por fin aparecían las palabras prometidas -ahora que yo no las 
esperaba. El silencio nos apretaba debajo de las ramas pero no me 
animaba a llevar el bote más adelante. Tuve tiempo de pensar en la 
señora Margarita con palabras que oía dentro de mí y como ahogadas 
en una almohada: “Pobre, me decía a mí mismo, debe tener necesidad 
de comunicarse con alguien. Y estando triste le será difícil manejar 
ese cuerpo...”. 

Después que ella empezó a hablar, me pareció que su voz también 
sonaba dentro de mí como si yo pronunciara sus palabras. Tal vez por 
eso ahora confundo lo que ella me dijo con lo que yo pensaba. 
Además me será difícil juntar todas sus palabras y no tendré más 
remedio que poner aquí muchas de las mías. 

“Hace cuatro años, al salir de Suiza, el ruido del ferrocarril me era 
insoportable. Entonces me detuve en una pequeña ciudad de Italia...” 

Parecía que iba a decir con quién, pero se detuvo. Pasó mucho 
rato y creí que esa noche no diría más nada. Su voz se había 
arrastrado con intermitencias y hacía pensar en la huella de un 
animal herido. En el silencio, que parecía llenarse de todas aquellas 
ramas enmarañadas, se me ocurrió repasar lo que acababa de oír. 


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Después pensé que yo me había quedado, indebidamente, con la 
angustia de su voz en la memoria, para llevarla después a mi soledad 
y acariciarla. Pero en seguida, como si alguien me obligara a soltar 
esa idea, se deslizaron otras. Debe haber sido con él que estuvo antes 
en la pequeña ciudad de Italia. Y después de perderlo, en Suiza, es 
posible que haya salido de allí sin saber que todavía le quedaba un 
poco de esperanza (Alcides me había dicho que no encontraron los 
restos) y al alejarse de aquel lugar, el ruido del ferrocarril la debe 
haber enloquecido. Entonces, sin querer alejarse demasiado, decidió 
bajarse en la pequeña ciudad de Italia. Pero en ese otro lugar se ha 
encontrado, sin duda, con recuerdos que le produjeron 
desesperaciones nuevas. Ahora ella no podrá decirme todo esto, por 
pudor, o tal vez por creer que Alcides me ha contado todo. Pero él no 
me dijo que ella está así por la pérdida de su marido, sino 
simplemente: “Margarita fue trastornada toda su vida”; y María 
atribuía la rareza de su ama a “tanto libro”. Tal vez ellos se hayan 
confundido porque la señora Margarita no les habló de su pena. Y yo 
mismo, si no hubiera sabido algo por Alcides, no habría comprendido 
nada de su historia, ya que la señora Margarita nunca me dijo ni una 
palabra de su marido. 

Yo seguí con muchas ideas como éstas, y cuando las palabras de 
ella volvieron, la señora Margarita aparecía instalada en una 
habitación del primer piso de un hotel, en la pequeña ciudad de 
Italia, a la que había llegado por la noche. Al rato de estar acostada, se 
levantó porque oyó ruidos, y fue hacia una ventana de un corredor 
que daba al patio. Allí había reflejos de luna y de otras luces. Y de 
pronto, como si se hubiera encontrado con una cara que la había 
estado acechando, vio una fuente de agua. Al principio no podía 
saber si el agua era una mirada falsa en la cara oscura de la fuente de 
piedra; pero después el agua le pareció inocente; y al ir a la cama la 
llevaba en los ojos y caminaba con cuidado para no agitarla. A la 


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noche siguiente no hubo ruidos pero igual se levantó. Esta vez el agua 
era poca, sucia, y al ir a la cama, como en la noche anterior, le volvió 
a parecer que el agua la observaba; ahora era por entre hojas que no 
alcanzaban a nadar. La señora Margarita la siguió mirando, dentro de 
sus propios ojos y las miradas de las dos se habían detenido en una 
misma contemplación. Tal vez por eso, cuando la señora Margarita 
estaba por dormirse, tuvo un presentimiento que no sabía si le venía 
de su alma o del fondo del agua. Pero sintió que alguien quería 
comunicarse con ella, que había dejado un aviso en el agua y por eso 
el agua insistía en mirar y en que la miraran. Entonces la señora 
Margarita bajó de la cama y anduvo vagando, descalza y asombrada, 
por su pieza y el corredor; pero ahora, la luz y todo era distinto, 
como si alguien hubiera mandado cubrir el espacio donde ella 
caminaba con otro aire y otro sentido de las cosas. Esta vez ella no se 
animó a mirar el agua; y al volver a su cama sintió caer en su 
camisón, lágrimas verdaderas y esperadas desde hacía mucho 
tiempo. 

A la mañana siguiente, al ver el agua distraída, entre mujeres que 
hablaban en voz alta, tuvo miedo de haber sido engañada por el 
silencio de la noche y pensó que el agua no le daría ningún aviso ni la 
comunicaría con nadie. Pero escuchó con atención lo que decían las 
mujeres y se dio cuenta de que ellas empleaban sus voces en palabras 
tontas, que el agua no tenía culpa de que se las echaran encima como 
si fueran papeles sucios y que no se dejaría engañar por la luz del día. 
Sin embargo, salió a caminar, vio un pobre viejo con una regadera en 
la mano y cuando él la inclinó apareció una vaporosa pollera de agua, 
haciendo murmullos como si fuera movida por pasos. Entonces, 
conmovida, pensó: “No, no debo abandonar el agua; por algo ella 
insiste como una niña que no puede explicarse”. Esa noche no fue a 
la fuente porque tenía un gran dolor de cabeza y decidió tomar una 
pastilla para aliviarse. Y en el momento de ver el agua entre el vidrio 


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del vaso y la poca luz de la penumbra, se imaginó que la misma agua 
se había ingeniado para acercarse y poner un secreto en los labios 
que iban a beber. Entonces la señora Margarita se dijo: “No, esto es 
muy serio; alguien prefiere la noche para traer el agua a mi alma”. 

Al amanecer fue a ver a solas el agua de la fuente para observar 
minuciosamente lo que había entre el agua y ella. Apenas puso sus 
ojos sobre el agua se dio cuenta que por su mirada descendía un 
pensamiento. Aquí la señora Margarita dijo estas mismas palabras: 
“un pensamiento que ahora no importa nombrar”, y, después de una 
larga carraspera, “un pensamiento confuso y como deshecho de tanto 
estrujarlo. Se empezó a hundir, lentamente y lo dejé reposar. De él 
nacieron reflexiones que mis miradas extrajeron del agua y me 
llenaron los ojos y el alma. Entonces supe, por primera vez, que hay 
que cultivar los recuerdos en el agua, que el agua elabora lo que en 
ella se refleja y que recibe el pensamiento. En caso de desesperación 
no hay que entregar el cuerpo al agua; hay que entregar a ella el 
pensamiento; ella lo penetra y él nos cambia el sentido de la vida”. 
Fueron éstas, aproximadamente, sus palabras. 

Después se vistió, salió a caminar, vio de lejos un arroyo, y en el 
primer momento no se acordó que por los arroyos corría agua -algo 
del mundo con quien sólo ella podía comunicarse. Al llegar a la orilla, 
dejó su mirada en la corriente, y en seguida tuvo la idea, sin embargo, 
de que esta agua no se dirigía a ella; y que además ésta podía llevarle 
los recuerdos para un lugar lejano, o gastárselos. Sus ojos la obligaron 
a atender a una hoja recién caída de un árbol; anduvo un instante en 
la superficie y en el momento de hundirse la señora Margarita oyó 
pasos sordos, como palpitaciones. Tuvo una angustia de 
presentimientos imprecisos y la cabeza se le oscureció. Los pasos 
eran de un caballo que se acercó con una confianza un poco aburrida 
y hundió los belfos en la corriente; sus dientes parecían agrandados a 
través de un vidrio que se moviera; y cuando levantó la cabeza el 


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agua chorreaba por los pelos de sus belfos sin perder ninguna 
dignidad. Entonces pensó en los caballos que bebían el agua del país 
de ella, y en lo distinta que sería el agua allá. 

Esa noche, en el comedor del hotel, la señora Margarita se fijaba a 
cada momento en una de las mujeres que habían hablado a gritos 
cerca de la fuente. Mientras el marido la miraba, embobado, la mujer 
tenía una sonrisa irónica, y cuando se fue a llevar una copa a los 
labios, la señora pensó: “En qué bocas anda el agua”. En seguida se 
sintió mal, fue a su pieza y tuvo una crisis de lágrimas. Después se 
durmió pesadamente y a las dos de la madrugada se despertó agitada 
y con el recuerdo del arroyo llenándole el alma. Entonces tuvo ideas 
en favor del arroyo: “Esa agua corre como una esperanza 
desinteresada y nadie puede con ella. Si el agua que corre es poca, 
cualquier pozo puede prepararle una trampa y encerrarla; entonces 
ella se entristece, se llena de un silencio sucio, y ese pozo es como la 
cabeza de un loco. Yo debo tener esperanzas como de paso, 
vertiginosas, si es posible, y no pensar demasiado en que se cumplan: 
ese debe ser, también, el sentido del agua, su inclinación instintiva. 
Yo debo estar con mis pensamientos y mis recuerdos como en un 
agua que corre con gran caudal...”. Esta marea de pensamientos 
creció rápidamente y la señora Margarita se levantó de la cama, 
preparó las valijas y empezó a pasearse por su cuarto y el corredor 
sin querer mirar el agua de la fuente. Entonces pensaba: “El agua es 
igual en todas partes y yo debo cultivar mis recuerdos en cualquier 
agua del mundo”. Pasó un tiempo angustioso antes de estar instalada 
en el ferrocarril. Pero después el ruido de las ruedas la deprimió y 
sintió pena por el agua que había dejado en la fuente del hotel; 
recordó la noche en que estaba sucia y llena de hojas, como una niña 
pobre, pidiéndole una limosna y ofreciéndole algo; pero si no había 
cumplido la promesa de una esperanza o un aviso, era por alguna 
picardía natural de la inocencia. Después la señora Margarita se puso 


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una toalla en la cara, lloró y eso le hizo bien. Pero no podía 
abandonar sus pensamientos del agua quieta: “Yo debo preferir, 
seguía pensando, el agua que esté detenida en la noche para que el 
silencio se eche lentamente sobre ella y todo se llene de sueño y de 
plantas enmarañadas. Eso es más parecido al agua que llevo en mí; si 
cierro los ojos siento como si las manos de una ciega tantearan la 
superficie de su propia agua y recordara borrosamente, un agua entre 
plantas que vio en la niñez, cuando aún le quedaba un poco de vista”. 

Aquí se detuvo un rato, hasta que yo tuve conciencia de haber 
vuelto a la noche en que estábamos bajo las ramas; pero no sabía bien 
si esos últimos pensamientos, la señora Margarita, los había tenido en 
el ferrocarril, o se le habían ocurrido ahora, bajo estas ramas. 
Después me hizo señas para que fuera al pie de la escalera. 

Esa noche no encendí la luz de mi cuarto, y al tantear los muebles 
tuve el recuerdo de otra noche en que me había emborrachado 
ligeramente con una bebida que tomaba por primera vez. Ahora 
tardé en desvestirme. Después me encontré con los ojos fijos en el 
tul del mosquitero y me vinieron de nuevo las palabras que se habían 
desprendido del cuerpo de la señora Margarita. 

En el mismo instante del relato no sólo me di cuenta que ella 
pertenecía al marido, sino que yo había pensado demasiado en ella; y 
a veces, de una manera culpable. Entonces, parecía que fuera yo el 
que escondía los pensamientos entre las plantas. Pero desde el 
momento en que la señora Margarita empezó a hablar sentí una 
angustia como si su cuerpo se hundiera en un agua que me arrastrara 
a mí también; mis pensamientos culpables aparecieron de una 
manera fugaz y con la idea de que no había tiempo ni valía la pena 
pensar en ellos; y a medida que el relato avanzaba el agua se iba 
presentando como el espíritu de una religión que nos sorprendiera 
en formas diferentes, y los pecados, en esa agua, tenían otro sentido 
y no importaba tanto su significado. El sentimiento de una religión 


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del agua era cada vez más fuerte. Aunque la señora Margarita y yo 
éramos los únicos fieles de carne y hueso, los recuerdos de agua que 
yo recibía en mi propia vida, en las intermitencias del relato, también 
me parecían fieles de esa religión; llegaban con lentitud, como si 
hubieran emprendido el viaje desde hacía mucho tiempo y apenas 
cometido un gran pecado. 

De pronto me di cuenta que de mi propia alma me nacía otra 
nueva y que yo seguiría a la señora Margarita no sólo en el agua, sino 
también en la idea de su marido. Y cuando ella terminó de hablar y 
yo subía la escalera de cemento armado, pensé que en los días que 
caía agua del cielo había reuniones de fieles. 

Pero, después de acostado bajo aquel tul, empecé a rodear de otra 
manera el relato de la señora Margarita; fui cayendo con una sorpresa 
lenta, en mi alma de antes, y pensando que yo también tenía mi 
angustia propia; que aquel tul en que yo había dejado prendidos los 
ojos abiertos, estaba colgado encima de un pantano y que de allí se 
levantaban otros fieles, los míos propios, y me reclamaban otras 
cosas. Ahora recordaba mis pensamientos culpables con bastantes 
detalles y cargados con un sentido que yo conocía bien. Habían 
empezado en una de las primeras tardes, cuando sospechaba que la 
señora Margarita me atraería como una gran ola; no me dejaría hacer 
pie y mi pereza me quitaría fuerzas para defenderme. Entonces tuve 
una reacción y quise irme de aquella casa; pero eso fue como si al 
despertar, hiciera un movimiento con la intención de levantarme y 
sin darme cuenta me acomodara para seguir durmiendo. Otra tarde 
quise imaginarme -ya lo había hecho con otras mujeres- cómo sería 
yo casado con ésta. Y por fin había decidido, cobardemente, que si su 
soledad me inspirara lástima y yo me casara con ella, mis amigos 
dirían que lo había hecho por el dinero; y mis antiguas novias se 
reirían de mí al descubrirme caminando por veredas estrechas detrás 
de una mujer gruesísima que resultaba ser mi mujer. (Ya había tenido 


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que andar detrás de ella, por la vereda angosta que rodeaba al lago, en 
las noches que ella quería caminar.) 

Ahora a mí no me importaba lo que dijeran los amigos ni las 
burlas de las novias de antes. Esta señora Margarita me atraía con una 
fuerza que parecía ejercer a gran distancia, como si yo fuera un 
satélite, y al mismo tiempo que se me aparecía lejana y ajena, estaba 
llena de una sublimidad extraña. Pero mis fieles me reclamaban a la 
primera señora Margarita, aquella desconocida más sencilla, sin 
marido, y en la que mi imaginación podía intervenir más libremente. 
Y debo haber pensado muchas cosas más antes que el sueño me 
hiciera desaparecer el tul. 

A la mañana siguiente, la señora Margarita me dijo, por teléfono: 
“Le ruego que vaya a Buenos Aires por unos días; haré limpiar la casa 
y no quiero que usted me vea sin el agua”. Después me indicó el hotel 
donde debía ir. Allí recibiría el aviso para volver. 

La invitación a salir de su casa hizo disparar en mí un resorte 
celoso y en el momento de irme me di cuenta de que a pesar de mi 
excitación llevaba conmigo un envoltorio pesado de tristeza y que 
apenas me tranquilizara tendría la necesidad estúpida de 
desenvolverlo y revisarlo cuidadosamente. Eso ocurrió al poco rato, 
y cuando tomé el ferrocarril tenía tan pocas esperanzas de que la 
señora Margarita me quisiera, como serían las de ella cuando tomó 
aquel ferrocarril sin saber si su marido aún vivía. Ahora eran otros 
tiempos y otros ferrocarriles; pero mi deseo de tener algo común con 
ella me hacía pensar: “Los dos hemos tenido angustias entre ruidos 
de ruedas de ferrocarriles”. Pero esta coincidencia era tan pobre 
como la de haber acertado sólo una cifra de las que tuviera un billete 
premiado. Yo no tenía la virtud de la señora Margarita de encontrar 
un agua milagrosa, ni buscaría consuelo en ninguna religión. La 
noche anterior había traicionado a mis propios fieles, porque aunque 
ellos querían llevarme con la primera señora Margarita, yo tenía, 


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también, en el fondo de mi pantano, otros fieles que miraban 
fijamente a esta señora como bichos encantados por la luna. Mi 
tristeza era perezosa, pero vivía en mi imaginación con orgullo de 
poeta incomprendido. Yo era un lugar provisorio donde se 
encontraban todos mis antepasados un momento antes de llegar a 
mis hijos; pero mis abuelos, aunque eran distintos y con grandes 
enemistades, no querían pelear mientras pasaban por mi vida: 
preferían el descanso, entregarse a la pereza y desencontrarse como 
sonámbulos caminando por sueños diferentes. Yo trataba de no 
provocarlos, pero si eso llegaba a ocurrir preferiría que la lucha fuera 
corta y se exterminaran de un golpe. 

En Buenos Aires me costaba hallar rincones tranquilos donde 
Alcides no me encontrara. (A él le gustaría que le contara cosas de la 
señora Margarita para ampliar su mala manera de pensar en ella.) 
Además yo ya estaba bastante confundido con mis dos señoras 
Margaritas y vacilaba entre ellas como si no supiera a cuál, de dos 
hermanas, debía preferir o traicionar; ni tampoco las podía fundir, 
para amarlas al mismo tiempo. A menudo me fastidiaba que la última 
señora Margarita me obligara a pensar en ella de una manera tan 
pura, y tuve la idea de que debía seguirla en todas sus locuras para 
que ella me confundiera entre los recuerdos del marido, y yo, 
después, pudiera sustituirlo. 

Recibí la orden de volver en un día de viento y me lancé a viajar 
con una precipitación salvaje. Pero ese día, el viento parecía traer 
oculta la misión de soplar contra el tiempo y nadie se daba cuenta de 
que los seres humanos, los ferrocarriles y todo se movía con una 
lentitud angustiosa. Soporté el viaje con una paciencia inmensa y al 
llegar a la casa inundada fue María la que vino a recibirme al 
embarcadero. No me dejó remar y me dijo que el mismo día que yo 
me fui, antes de retirarse el agua, ocurrieron dos accidentes. Primero 
llegó Filomena, la mujer del botero, a pedir que la señora Margarita la 


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volviera a tomar. No la habían despedido sólo por haber dejado nadar 
aquel pan, sino porque la encontraron seduciendo a Alcides una vez 
que él estuvo allí en los primeros días. La señora Margarita, sin decir 
una palabra, la empujó, y Filomena cayó al agua; cuando se iba, 
llorando y chorreando agua el marido la acompañó y no volvieron 
más. Un poco más tarde, cuando la señora Margarita acercó, tirando 
de un cordón, el tocador a su cama (allí los muebles flotaban sobre 
gomas infladas, como las que los niños llevan a las playas), volcó una 
botella de aguardiente sobre un calentador que usaba para unos 
afeites y se incendió el tocador. Ella pidió agua por teléfono, “como si 
allí no hubiera bastante o no fuera la misma que hay en toda la casa” 
decía María. 

La mañana que siguió a mi vuelta era radiante y habían puesto 
plantas nuevas; pero sentí celos de pensar que allí había algo 
diferente a lo de antes: la señora Margarita y yo no encontraríamos 
las palabras y los pensamientos como los habíamos dejado, debajo de 
las ramas. 

Ella volvió a su historia después de algunos días. Esa noche, como 
ya había ocurrido otras veces, pusieron una pasarela para cruzar el 
agua del zaguán. Cuando llegué al pie de la escalera la señora 
Margarita me hizo señas para que me detuviera; y después para que 
caminara detrás de ella. Dimos una vuelta por toda la vereda estrecha 
que rodeaba al lago y ella empezó a decirme que al salir de aquella 
ciudad de Italia pensó que el agua era igual en todas partes del 
mundo. Pero no fue así, y muchas veces tuvo que cerrar los ojos y 
ponerse los dedos en los oídos para encontrarse con su propia agua. 
Después de haberse detenido en España, donde un arquitecto le 
vendió los planos para una casa inundada -ella no me dio detalles- 
tomó un barco demasiado lleno de gente y al dejar de ver tierra se 
dio cuenta que el agua del océano no le pertenecía, que en ese 
abismo se ocultaban demasiados seres desconocidos. Después me 


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dijo que algunas personas, en el barco, hablaban de naufragios y 
cuando miraban la inmensidad del agua, parecía que escondían 
miedo; pero no tenían escrúpulo en sacar un poquito de aquella agua 
inmensa, de echarla en una bañera, y de entregarse a ella con el 
cuerpo desnudo. También les gustaba ir al fondo del barco y ver las 
calderas, con el agua encerrada y enfurecida por la tortura del fuego. 
En los días que el mar estaba agitado la señora Margarita se acostaba 
en su camarote y hacía andar sus ojos por hileras de letras, en diarios 
y revistas, como si siguieran caminos de hormigas. O miraba un poco 
el agua que se movía entre un botellón de cuello angosto. Aquí 
detuvo el relato y yo me di cuenta que ella se balanceaba como un 
barco. A menudo nuestros pasos no coincidían, echábamos el cuerpo 
para lados diferentes y a mí me costaba atrapar sus palabras, que 
parecían llevadas por ráfagas desencontradas. También detuvo sus 
pasos antes de subir a la pasarela, como si en ese momento tuviera 
miedo de pasar por ella; entonces me pidió que fuera a buscar el 
bote. Anduvimos mucho rato antes que apareciera el suspiro ronco y 
nuevas palabras. Por fin me dijo que en el barco había tenido un 
instante para su alma. Fue cuando estaba apoyada en una baranda, 
mirando la calma del mar, como a una inmensa piel que apenas 
dejara entrever movimientos de músculos. La señora Margarita 
imaginaba locuras como las que vienen en los sueños: suponía que 
ella podía caminar por la superficie del agua; pero tenía miedo que 
surgiera una marsopa que la hiciera tropezar; y entonces, esta vez, se 
hundiría, realmente. De pronto tuvo conciencia que desde hacía 
algunos instantes caía, sobre el agua del mar, agua dulce del cielo, 
muchas gotas llegaban hasta la madera de cubierta y se precipitaban 
tan seguidas y amontonadas como si asaltaran el barco. En seguida 
toda la cubierta era, sencillamente, un piso mojado. La señora 
Margarita volvió a mirar el mar, que recibía y se tragaba la lluvia con 
la naturalidad con que un animal se traga a otro. Ella tuvo un 


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sentimiento confuso de lo que pasaba y de pronto su cuerpo se 
empezó a agitar por una risa que tardó en llegarle a la cara, como un 
temblor de tierra provocado por una causa desconocida. Parecía que 
buscara pensamientos que justificaran su risa y por fin se dijo: “Esta 
agua parece una niña equivocada: en vez de llover sobre la tierra 
llueve sobre otra agua”. Después sintió ternura en lo dulce que sería 
para el mar recibir la lluvia; pero al irse para su camarote, moviendo 
su cuerpo inmenso, recordó la visión del agua tragándose la otra y 
tuvo la idea de que la niña iba hacia su muerte. Entonces la ternura se 
le llenó de una tristeza pesada, se acostó en seguida y cayó en el 
sueño de la siesta. Aquí la señora Margarita terminó el relato de esa 
noche y me ordenó que fuera a mi pieza. 

Al día siguiente recibí su voz por teléfono y tuve la impresión de 
que me comunicaba con una conciencia de otro mundo. Me dijo que 
me invitaba para el atardecer a una sesión de homenaje al agua. Al 
atardecer yo oí el ruido de las budineras, con las corridas de María, y 
confirmé mis temores: tendría que acompañarla en su “velorio”. Ella 
me esperó al pie de la escalera cuando ya era casi de noche. Al 
entrar, de espaldas a la primera habitación, me di cuenta de que había 
estado oyendo un ruido de agua y ahora era más intenso. En esa 
habitación vi un trinchante. (Las ondas del bote lo hicieron mover 
sobre sus gomas infladas, y sonaron un poco las copas y las cadenas 
con que estaba sujeto a la pared.) Al otro lado de la habitación había 
una especie de balsa, redonda, con una mesa en el centro y sillas 
recostadas a una baranda: parecían un conciliábulo de mudos 
moviéndose apenas por el paso del bote. Sin querer mis remos 
tropezaron con los marcos de las puertas que daban entrada al 
dormitorio. En ese instante comprendí que allí caía agua sobre agua. 
Alrededor de toda la pared -menos en el lugar en que estaban los 
muebles, el gran ropero, la cama y el tocador- había colgadas 
innumerables regaderas de todas formas y colores; recibían el agua 


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de un gran recipiente de vidrio parecido a una pipa turca, suspendido 
del techo como una lámpara; y de él salían, curvados como 
guirnaldas, los delgados tubos de goma que alimentaban las 
regaderas. Entre aquel ruido de gruta, atracamos junto a la cama; sus 
largas patas de vidrio la hacían sobresalir bastante del agua. La 
señora Margarita se quitó los zapatos y me dijo que yo hiciera lo 
mismo; subió a la cama, que era muy grande, y se dirigió a la pared 
de la cabecera, donde había un cuadro enorme con un chivo blanco 
de barba parado sobre sus patas traseras. Tomó el marco, abrió el 
cuadro como si fuera una puerta y apareció un cuarto de baño. Para 
entrar dio un paso sobre las almohadas, que le servían de escalón, y a 
los pocos instantes volvió trayendo dos budineras redondas con velas 
pegadas en el fondo. Me dijo que las fuera poniendo en el agua. Al 
subir, yo me caí en la cama; me levanté en seguida pero alcancé a 
sentir el perfume que había en las cobijas. Fui poniendo las budineras 
que ella me alcanzaba al costado de la cama, y de pronto ella me dijo: 
“Por favor, no las ponga así que parece un velorio”. (Entonces me di 
cuenta del error de María.) Eran veintiocho. La señora se hincó en la 
cama y tomando el tubo del teléfono, que estaba en una de las mesas 
de luz, dio orden de que cortaran el agua de las regaderas. Se hizo un 
silencio sepulcral y nosotros empezamos a encender las velas 
echados de bruces a los pies de la cama y yo tenía cuidado de no 
molestar a la señora. Cuando estábamos por terminar, a ella se le 
cayó la caja de los fósforos en una budinera, entonces me dejó a mí 
solo y se levantó para ir a tocar el gong, que estaba en la otra mesa de 
luz. Allí había también una portátil y era lo único que alumbraba la 
habitación. Antes de tocar el gong se detuvo, dejó el palillo al lado de 
la portátil y fue a cerrar la puerta que era el cuadro del chivo. 
Después se sentó en la cabecera de la cama, empezó a arreglar las 
almohadas y me hizo señas para que yo tocara el gong. A mí me costó 
hacerlo: tuve que andar en cuatro pies por la orilla de la cama para no 


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rozar sus piernas, que ocupaban tanto espacio. No sé por qué tenía 
miedo de caerme al agua -la profundidad era sólo de cuarenta 
centímetros. Después de hacer sonar el gong una vez, ella me indicó 
que bastaba. Al retirarme -andando hacia atrás porque no había 
espacio para dar vuelta-, vi la cabeza de la señora recostada a los pies 
del chivo y la mirada fija, esperando. Las budineras, también 
inmóviles, parecían pequeñas barcas recostadas en un puerto antes 
de la tormenta. A los pocos momentos de marchar los motores el 
agua empezó a agitarse; entonces la señora Margarita, con gran 
esfuerzo salió de la posición en que estaba y vino de nuevo a 
arrojarse de bruces a los pies de la cama. La corriente llegó hasta 
nosotros, hizo chocar las budineras, unas contra otras, y después de 
llegar a la pared del fondo volvió con violencia a llevarse las 
budineras, a toda velocidad. Se volcó una y en seguida otras; las velas 
al apagarse, echaban un poco de humo. Yo miré a la señora Margarita, 
pero ella, previendo mi curiosidad, se había puesto una mano al 
costado de los ojos. Rápidamente, las budineras se hundían en 
seguida, daban vueltas a toda velocidad por la puerta del zaguán en 
dirección al patio. A medida que se apagaban las velas había menos 
reflejos y el espectáculo se empobrecía. Cuando todo parecía haber 
terminado, la señora Margarita, apoyada en el brazo que tenía la 
mano en los ojos, soltó con la otra mano una budinera que había 
quedado trabada a un lado de la cama y se dispuso a mirarla; pero esa 
budinera también se hundió en seguida. Después de unos segundos, 
ella, lentamente, se afirmó en las manos para hincarse o para 
sentarse sobre sus talones y con la cabeza inclinada hacia abajo y la 
barbilla perdida entre la gordura de la garganta, miraba el agua como 
una niña que hubiera perdido una muñeca. Los motores seguían 
andando y la señora Margarita parecía cada vez más abrumada de 
desilusión. Yo, sin que ella me dijera nada, atraje el bote por la 
cuerda que estaba atada a una pata de la cama. Apenas estuve dentro 


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del bote y solté la cuerda, la corriente me llevó con una rapidez que 
yo no había previsto. Al dar vuelta en la puerta del zaguán miré hacia 
atrás y vi a la señora Margarita con los ojos clavados en mí como si 
yo hubiera sido una budinera más que le diera la esperanza de 
revelarle algún secreto. En el patio, la corriente me hacía girar 
alrededor de la isla. Yo me senté en el sillón del bote y no me 
importaba dónde me llevara el agua. Recordaba las vueltas que había 
dado antes, cuando la señora Margarita me había parecido otra 
persona, y a pesar de la velocidad de la corriente sentía 
pensamientos lentos y me vino una síntesis triste de mi vida. Yo 
estaba destinado a encontrarme sólo con una parte de las personas, y 
además por poco tiempo y como si yo fuera un viajero distraído que 
tampoco supiera dónde iba. Esta vez ni siquiera comprendía por qué 
la señora Margarita me había llamado y contaba su historia sin 
dejarme hablar ni una palabra; por ahora yo estaba seguro que nunca 
me encontraría plenamente con esta señora. Y seguí en aquellas 
vueltas y en aquellos pensamientos hasta que apagaron los motores y 
vino María a pedirme el bote para pescar las budineras, que también 
daban vuelta alrededor de la isla. Yo le expliqué que la señora 
Margarita no hacía ningún velorio y que únicamente le gustaba ver 
naufragar las budineras con la llama y no sabía qué más decirle. 

Esa misma noche, un poco tarde, la señora Margarita me volvió a 
llamar. Al principio estaba nerviosa, y sin hacer la carraspera tomó la 
historia en el momento en que había comprado la casa y la había 
preparado para inundarla. Tal vez había sido cruel con la fuente, 
desbordándole el agua y llenándola con esa tierra oscura. Al 
principio, cuando pusieron las primeras plantas, la fuente parecía 
soñar con el agua que había tenido antes; pero de pronto las plantas 
aparecían demasiado amontonadas, como presagios confusos; 
entonces la señora Margarita las mandaba cambiar. Ella quería que el 
agua se confundiera con el silencio de sueños tranquilos, o de 


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conversaciones bajas de familias felices (por eso le había dicho a 
María que estaba sorda y que sólo debía hablarle por teléfono). 
También quería andar sobre el agua con la lentitud de una nube y 
llevar en las manos libros, como aves inofensivas. Pero lo que más 
quería, era comprender el agua. Es posible, me decía, que ella no 
quiera otra cosa que correr y dejar sugerencias a su paso; pero yo me 
moriré con la idea de que el agua lleva adentro de sí algo que ha 
recogido en otro lado y no sé de qué manera me entregará 
pensamientos que no son los míos y que son para mí. De cualquier 
manera yo soy feliz con ella, trato de comprenderla y nadie me podrá 
prohibir de que conserve mis recuerdos en el agua. 

Esa noche, contra su costumbre, me dio la mano al despedirse. Al 
día siguiente, cuando fui a la cocina, el hombre del agua me dio una 
carta. Por decirle algo le pregunté por sus máquinas. Entonces me 
dijo: 

-¿Vio qué pronto instalamos las regaderas? 

-Sí, y... ¿andan bien? (Yo disimulaba el deseo de ir a leer la carta.) 

-Cómo no... Estando bien las máquinas, no hay ningún 
inconveniente. A la noche muevo una palanca, empieza el agua de las 
regaderas y la señora se duerme con el murmullo. Al otro día, a las 
cinco, muevo otra vez la misma palanca, las regaderas se detienen, y 
el silencio despierta a la señora; a los pocos minutos corro la palanca 
que agita el agua y la señora se levanta. 

Aquí lo saludé y me fui. La carta decía: 

“Querido amigo: el día que lo vi por primera vez en la escalera, 
usted traía los párpados bajos y aparentemente estaba muy 
preocupado con los escalones. Todo eso parecía timidez; pero era 
atrevido en sus pasos, en la manera de mostrar la suela de sus 
zapatos. Le tomé simpatía y por eso quise que me acompañara todo 
este tiempo. De lo contrario le hubiera contado mi historia en 
seguida y usted tendría que haberse ido a Buenos Aires al día 


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siguiente. Eso es lo que hará mañana. 

Gracias por su compañía; y con respecto a sus economías nos 
entenderemos por medio de Alcides. Adiós y que sea feliz; creo que 
buena falta le hace. Margarita. 

P.D. Si por casualidad a usted se le ocurriera escribir todo lo que 
le he contado, cuente con mi permiso. Sólo le pido que al final ponga 
estas palabras: ‘Ésta es la historia que Margarita le dedica a José. Esté 
vivo o esté muerto’”. 


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El cocodrilo 


En una noche de otoño hacía calor húmedo y yo fui a una ciudad 
que me era casi desconocida; la poca luz de las calles estaba atenuada 
por la humedad y por algunas hojas de los árboles. Entré a un café 
que estaba cerca de una iglesia, me senté a una mesa del fondo y 
pensé en mi vida. Yo sabía aislar las horas de felicidad y encerrarme 
en ellas; primero robaba con los ojos cualquier cosa descuidada de la 
calle o del interior de las casas y después la llevaba a mi soledad. 
Gozaba tanto al repasarla que si la gente lo hubiera sabido me hubiera 
odiado. Tal vez no me quedara mucho tiempo de felicidad. Antes yo 
había cruzado por aquellas ciudades dando conciertos de piano; las 
horas de dicha habían sido escasas, pues vivía en la angustia de 
reunir gentes que quisieran aprobar la realización de un concierto; 
tenía que coordinarlos, influirlos mutuamente y tratar de encontrar 
algún hombre que fuera activo. Casi siempre eso era como luchar con 
borrachos lentos y distraídos: cuando lograba traer uno el otro se me 
iba. Además yo tenía que estudiar y escribirme artículos en los 
diarios. 

Desde hacía algún tiempo ya no tenía esa preocupación: alcancé a 
entrar en una gran casa de medias para mujer. Elabía pensado que las 
medias eran más necesarias que los conciertos y que sería más fácil 
colocarlas. Un amigo mío le dijo al gerente que yo tenía muchas 


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relaciones femeninas, porque era concertista de piano y había 
recorrido muchas ciudades: entonces, podría aprovechar la influencia 
de los conciertos para colocar medias. 

El gerente había torcido el gesto; pero aceptó, no sólo por la 
influencia de mi amigo, sino porque yo había sacado el segundo 
premio en las leyendas de propaganda para esas medias. Su marca era 
“Ilusión”. Y mi frase había sido: “¿Quién no acaricia, hoy, una media 
Ilusión?”. Pero vender medias también me resultaba muy difícil y 
esperaba que de un momento a otro me llamaran de la casa central y 
me suprimieran el viático. Al principio yo había hecho un gran 
esfuerzo. (La venta de medias no tenía nada que ver con mis 
conciertos: y yo tenía que entendérmelas nada más que con los 
comerciantes.) Cuando encontraba antiguos conocidos les decía que 
la representación de una gran casa comercial me permitía viajar con 
independencia y no obligar a mis amigos a patrocinar conciertos 
cuando no eran oportunos. lamás habían sido oportunos mis 
conciertos. En esta misma ciudad me habían puesto pretextos poco 
comunes: el presidente del Club estaba de mal humor porque yo lo 
había hecho levantar de la mesa de juego y me dijo que habiendo 
muerto una persona que tenía muchos parientes, media ciudad estaba 
enlutada. Ahora yo les decía: estaré unos días para ver si surge 
naturalmente el deseo de un concierto; pero les producía mala 
impresión el hecho de que un concertista vendiera medias. Y en 
cuanto a colocar medias, todas las mañanas yo me animaba y todas 
las noches me desanimaba: era como vestirse y desnudarse. Me 
costaba renovar a cada instante cierta fuerza grosera necesaria para 
insistir ante comerciantes siempre apurados. Pero ahora me había 
resignado a esperar que me echaran y trataba de disfrutar mientras 
me duraba el viático. 

De pronto me di cuenta que había entrado al café un ciego con un 
arpa; yo le había visto por la tarde. Decidí irme antes de perder la 


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voluntad de disfrutar de la vida; pero al pasar cerca de él volví a verlo 
con un sombrero de alas mal dobladas y dando vuelta los ojos hacia 
el cielo mientras hacía el esfuerzo de tocar; algunas cuerdas del arpa 
estaban añadidas y la madera clara del instrumento y todo el hombre 
estaban cubiertos de una mugre que yo nunca había visto. Pensé en 
mí y sentí depresión. 

Cuando encendí la luz en la pieza de mi hotel, vi mi cama de 
aquellos días. Estaba abierta y sus varillas niqueladas me hacían 
pensar en una loca joven que se entregaba a cualquiera. Después de 
acostado apagué la luz pero no podía dormir. Volví a encenderla y la 
bombita se asomó debajo de la pantalla como el globo de un ojo bajo 
un párpado oscuro. La apagué enseguida y quise pensar en el negocio 
de las medias pero seguí viendo por un momento, en la oscuridad, la 
pantalla de luz. Se había convertido a un color claro; después, su 
forma, como si fuera el alma en pena de la pantalla, empezó a irse 
hacia un lado y a fundirse en lo oscuro. Todo eso ocurrió en el 
tiempo que tardaría un secante en absorber la tinta derramada. 

Al otro día de mañana, después de vestirme y animarme fui a ver 
si el ferrocarril de la noche me había traído malas noticias. No tuve 
carta ni telegrama. Decidí recorrer los negocios de una de las calles 
principales. En la punta de esa calle había una tienda. Al entrar me 
encontré en una habitación llena de trapos y chucherías hasta el 
techo. Solo había un maniquí desnudo, de tela roja, que en vez de 
cabeza tenía una perilla negra. Golpeé las manos y enseguida todos 
los trapos se tragaron el ruido. Detrás del maniquí apareció una niña 
como de diez años que me dijo con mal modo: 

—¿Qué quiere? 

—¿Está el dueño? 

—No hay dueño. La que manda es mi mamá. 

—¿Ella no está? 

—Fue a lo de doña Vicenta y viene en seguida. 


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Apareció un niño como de tres años. Se agarró de la pollera de la 
hermana y se quedaron un rato en fila, el maniquí, la niña y el niño. 
Yo dije: 

—Voy a esperar. 

La niña no contestó nada. Me senté en un cajón y empecé a jugar 
con el hermanito. Recordé que tenía un chocolatín de los que había 
comprado en el cine y lo saqué del bolsillo. Rápidamente se acercó el 
chiquilín y me lo quitó. Entonces yo me puse las manos en la cara y 
fingí llorar con sollozos. Tenía tapados los ojos y en la oscuridad que 
había en el hueco de mis manos abrí pequeñas rendijas y empecé a 
mirar al niño. Él me observaba inmóvil y yo cada vez lloraba más 
fuerte. Por fin él se decidió a ponerme el chocolatín en la rodilla. 
Entonces yo me reí y se lo di. Pero al mismo tiempo me di cuenta que 
yo tenía la cara mojada. 

Salí de allí antes que viniera la dueña. Al pasar por una joyería me 
miré en un espejo y tenía los ojos secos. Después de almorzar estuve 
en el café; pero vi al ciego del arpa revolear los ojos hacia arriba y salí 
en seguida. Entonces fui a una plaza solitaria de un lugar despoblado 
y me senté en un banco que tenía enfrente un muro de enredaderas. 
Allí pensé en las lágrimas de la mañana. Estaba intrigado por el 
hecho de que me hubieran salido; y quise estar solo como si me 
escondiera para hacer andar un juguete que sin querer había hecho 
funcionar, hacía pocas horas. Tenía un poco de vergüenza, ante mí 
mismo, de ponerme a llorar sin tener pretexto, aunque fuera en 
broma, como lo había tenido en la mañana. Arrugué la nariz y los 
ojos, con un poco de timidez para ver si me salían las lágrimas; pero 
después pensé que no debería buscar el llanto como quien escurre un 
trapo; tendría que entregarme al hecho con más sinceridad; entonces 
me puse las manos en la cara. Aquella actitud tuvo algo de serio; me 
conmoví inesperadamente; sentí como cierta lástima de mí mismo y 
las lágrimas empezaron a salir. 


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Hacía rato que yo estaba llorando cuando vi que de arriba del 
muro venían bajando dos piernas de mujer con medias “Ilusión” 
semibrillantes. Y en seguida noté una pollera verde que se confundía 
con la enredadera. Yo no había oído colocar la escalera. La mujer 
estaba en el último escalón y yo me sequé rápidamente las lágrimas; 
pero volví a poner la cabeza baja y como si estuviese pensativo. La 
mujer se acercó lentamente y se sentó a mi lado. Ella había bajado 
dándome la espalda y yo no sabía cómo era su cara. Por fin me dijo: 

—¿Qué le pasa? Yo soy una persona en la que usted puede 
confiar... 

Transcurrieron unos instantes. Yo fruncí el entrecejo como para 
esconderme y seguir esperando. Nunca había hecho ese gesto y me 
temblaban las cejas. Después hice un movimiento con la mano como 
para empezar a hablar y todavía no se me había ocurrido qué podría 
decirle. Ella tomó de nuevo la palabra: 

—Hable, hable nomás. Yo he tenido hijos y sé lo que son penas. 

Yo ya me había imaginado una cara para aquella mujer y aquella 
pollera verde. Pero cuando dijo lo de los hijos y las penas me imaginé 
otra. Y al mismo tiempo dije: 

—Es necesario que piense un poco. 

Ella contestó: 

—En estos asuntos, cuanto más se piensa es peor. 

De pronto sentí caer, cerca de mí, un trapo mojado. Pero resultó 
ser una gran hoja de plátano cargada de humedad. Al poco rato ella 
volvió a preguntar: 

—Dígame la verdad, ¿cómo es ella? 

Al principio a mí me hizo gracia. Después me vino a la memoria 
una novia que yo había tenido. Cuando yo no la quería acompañar a 
caminar por la orilla de un arroyo -donde ella se había paseado con 
el padre cuando él vivía- esa novia mía lloraba silenciosamente. 
Entonces, aunque yo estaba aburrido de ir siempre por el mismo 


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lado, condescendía. Y pensando en esto se me ocurrió decir a la 
mujer que ahora tenía al lado: 

—Ella era una mujer que lloraba a menudo. 

Esta mujer puso sus manos grandes y un poco coloradas encima 
de la pollera verde y se rió mientras me decía: 

—Ustedes siempre creen en las lágrimas de las mujeres. 

Yo pensé en las mías; me sentí un poco desconcertado, me levanté 
del banco y le dije: 

—Creo que usted está equivocada. Pero igual le agradezco el 
consuelo. 

Y me fui sin mirarla. 

Al otro día cuando ya estaba bastante adelantada la mañana, entré 
a una de las tiendas más importantes. El dueño extendió mis medias 
en el mostrador y las estuvo acariciando con sus dedos cuadrados un 
buen rato. Parecía que no oía mis palabras. Tenía las patillas canosas 
como si se hubiera dejado en ellas el jabón de afeitar. En esos 
instantes entraron varias mujeres; y él, antes de irse, me hizo señas 
de que no me compraría, con uno de aquellos dedos que habían 
acariciado las medias. Yo me quedé quieto y pensé en insistir; tal vez 
pudiera entrar en conversación con él, más tarde, cuando no hubiera 
gente; entonces le hablaría de un yuyo que disuelto en agua le teñiría 
las patillas. La gente no se iba y yo tenía una impaciencia 
desacostumbrada; hubiera querido salir de aquella tienda, de aquella 
ciudad y de aquella vida. Pensé en mi país y en muchas cosas más. Y 
de pronto, cuando ya me estaba tranquilizando, tuve una idea: “¿Qué 
ocurriría si yo me pusiera a llorar aquí, delante de toda esta gente?”. 
Aquello me pareció muy violento; pero yo tenía deseos, desde hacía 
algún tiempo, de tantear el mundo con algún hecho 
desacostumbrado; además yo debía demostrarme a mí mismo que era 
capaz de una gran violencia. Y antes de arrepentirme me senté en 
una sillita que estaba recostada al mostrador; y rodeado de gente, me 


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puse las manos en la cara y empecé a hacer ruido de sollozos. Casi 
simultáneamente una mujer soltó un grito y dijo: “Un hombre está 
llorando”. Y después oí el alboroto y pedazos de conversación: 
“Nena, no te acerques”... “Puede haber recibido alguna mala noticia”... 
“Recién llegó el tren y la correspondencia no ha tenido tiempo”... 
“Puede haber recibido la noticia por telegrama”... Por entre los dedos 
vi una gorda que decía: “Hay que ver cómo está el mundo. ¡Si a mí no 
me vieran mis hijos, yo también lloraría!”. Al principio yo estaba 
desesperado porque no me salían lágrimas; y hasta pensé que lo 
tomarían como una burla y me llevarían preso. Pero la angustia y la 
tremenda fuerza que hice me congestionaron y fueron posibles las 
primeras lágrimas. Sentí posarse en mi hombro una mano pesada y al 
oír la voz del dueño reconocí los dedos que habían acariciado las 
medias. Él decía: 

—Pero compañero, un hombre tiene que tener más ánimo... 

Entonces yo me levanté como por un resorte; saqué las dos manos 
de la cara, la tercera que tenía en el hombro, y dije con la cara todavía 
mojada: 

—¡Pero si me va bien! ¡Y tengo mucho ánimo! Lo que pasa es que 
a veces me viene esto; es como un recuerdo... 

A pesar de la expectativa y del silencio que hicieron para mis 
palabras, oí que una mujer decía: 

—¡Ay! Llora por un recuerdo... 

Después el dueño anunció: 

—Señoras, ya pasó todo. 

Yo me sonreía y me limpiaba la cara. En seguida se removió el 
montón de gente y apareció una mujer chiquita, con ojos de loca, que 
me dijo: 

—Yo lo conozco a usted. Me parece que lo vi en otra parte y que 
usted estaba agitado. 

Pensé que ella me habría visto en un concierto sacudiéndome en 


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un final de programa; pero me callé la boca. Estalló la conversación 
de todas las mujeres y algunas empezaron a irse. Se quedó conmigo la 
que me conocía. Y se me acercó otra que me dijo: 

—Ya sé que usted vende medias. Casualmente yo y algunas amigas 
mías... 

Intervino el dueño: 

—No se preocupe, señora (y dirigiéndose a mí): Venga esta tarde. 

—Me voy después del almuerzo. ¿Quiere dos docenas? 

—No, con media docena... 

—La casa no vende por menos de una... 

Saqué la libreta de ventas y empecé a llenar la hoja del pedido 
escribiendo contra el vidrio de una puerta y sin acercarme al dueño. 
Me rodeaban mujeres conversando alto. Yo tenía miedo que el dueño 
se arrepintiera. Por fin firmó el pedido y yo salí entre las demás 
personas. 

Pronto se supo que a mí me venía “aquello” que al principio era 
como un recuerdo. Yo lloré en otras tiendas y vendí más medias que 
de costumbre. Cuando ya había llorado en varias ciudades mis ventas 
eran como las de cualquier otro vendedor. 

Una vez que me llamaron de la casa central -yo ya había llorado 
por todo el norte de aquel país- esperaba turno para hablar con el 
gerente y oí desde la habitación próxima lo que decía otro corredor: 

—Yo hago todo lo que puedo; ¡pero no me voy a poner a llorar 
para que me compren! 

Y la voz enferma del gerente le respondió: 

—Hay que hacer cualquier cosa; y también llorarles... 

El corredor interrumpió: 

—¡Pero a mí no me salen lágrimas! 

Y después de un silencio, el gerente: 

—¿Cómo, y quién le ha dicho? 

—¡Sí! Hay uno que llora a chorros... 


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La voz enferma empezó a reírse con esfuerzo y haciendo 
intervalos de tos. Después oí chistidos y pasos que se alejaron. 

Al rato me llamaron y me hicieron llorar ante el gerente, los jefes 
de sección y otros empleados. Al principio, cuando el gerente me 
hizo pasar y las cosas se aclararon, él se reía dolorosamente y le 
salían lágrimas. Me pidió, con muy buenas maneras, una 
demostración; y apenas accedí entraron unos cuantos empleados que 
estaban detrás de la puerta. Se hizo mucho alboroto y me pidieron 
que no llorara todavía. Detrás de una mampara, oí decir: 

—Apúrate, que uno de los corredores va a llorar. 

—¿Y por qué? 

—¡Yo qué sé! 

Yo estaba sentado al lado del gerente, en su gran escritorio; habían 
llamado a uno de los dueños, pero él no podía venir. Los muchachos 
no se callaban y uno había gritado: “Que piense en la mamita, así 
llora más pronto”. Entonces yo le dije al gerente: 

—Cuando ellos hagan silencio, lloraré yo. 

Él, con su voz enferma, los amenazó y después de algunos 
instantes de relativo silencio yo miré por una ventana la copa de un 
árbol -estábamos en un primer piso-, me puse las manos en la cara y 
traté de llorar. Tenía cierto disgusto. Siempre que yo había llorado los 
demás ignoraban mis sentimientos; pero aquellas personas sabían 
que yo lloraría y eso me inhibía. Cuando por fin me salieron 
lágrimas, saqué una mano de la cara para tomar el pañuelo y para que 
me vieran la cara mojada. Unos se reían y otros se quedaban serios; 
entonces yo sacudí la cara violentamente y se rieron todos. Pero en 
seguida hicieron silencio y empezaron a reírse. Yo me secaba las 
lágrimas mientras la voz enferma repetía: “Muy bien, muy bien”. Tal 
vez todos estuvieron desilusionados. Y yo me sentía como una 
botella vacía y chorreada; quería reaccionar, tenía mal humor y ganas 
de ser malo. Entonces alcancé al gerente y le dije: 


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—No quisiera que ninguno de ellos utilizara el mismo 
procedimiento para la venta de medias; y desearía que la casa 
reconociera mi... iniciativa y que me diera exclusividad por algún 
tiempo. 

—Venga mañana y hablaremos de eso. 

Al otro día el secretario ya había preparado el documento y leía: 
“La casa se compromete a no utilizar y a hacer respetar el sistema de 
propaganda consistente en llorar...”. Aquí los dos se rieron y el 
gerente dijo que aquello estaba mal. Mientras redactaban el 
documento, yo fui paseándome hasta el mostrador. Detrás de él había 
una muchacha que me habló mirándome y los ojos parecían pintados 
por dentro. 

—¿Así que usted llora por gusto? 

—Es verdad. 

—Entonces yo sé más que usted. Usted mismo no sabe que tiene 
una pena. 

Al principio yo me quedé pensativo; y después le dije: 

—Mire: no es que yo sea de los más felices; pero sé arreglarme con 
mi desgracia y soy casi dichoso. 

Mientras me iba -el gerente me llamaba- alcancé a ver la mirada 
de ella: la había puesto encima de mí como si me hubiera dejado una 
mano en el hombro. 

Cuando reanudé las ventas, yo estaba en una pequeña ciudad. Era 
un día triste y yo no tenía ganas de llorar. Elubiera querido estar solo, 
en mi pieza, oyendo la lluvia y pensando que el agua me separaba de 
todo el mundo. Yo viajaba escondido detrás de una careta con 
lágrimas; pero yo tenía la cara cansada. 

De pronto sentí que alguien se había acercado preguntándome: 

—¿Qué le pasa? 

Entonces, yo, como un empleado sorprendido sin trabajar, quise 
reanudar mi tarea y poniéndome las manos en la cara empecé a hacer 


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los sollozos. 

Ese año yo lloré hasta diciembre, dejé de llorar en enero y parte 
de febrero, empecé a llorar de nuevo después de carnaval. Aquel 
descanso me hizo bien y volví a llorar con ganas. Mientras tanto yo 
había extrañado el éxito de mis lágrimas y me había nacido como 
cierto orgullo de llorar. Eran muchos más los vendedores; pero un 
actor que representara algo sin previo aviso y convenciera al público 
con llantos... 

Aquel nuevo año yo empecé a llorar por el oeste y llegué a una 
ciudad donde mis conciertos habían tenido éxito; la segunda vez que 
estuve allí, el público me había recibido con una ovación cariñosa y 
prolongada; yo agradecía parado junto al piano y no me dejaban 
sentar para iniciar el concierto. Seguramente que ahora daría, por lo 
menos, una audición. Yo lloré allí, por primera vez, en el hotel más 
lujoso; fue a la hora del almuerzo y en un día radiante. Ya había 
comido y tomado café, cuando de codos en la mesa, me cubrí la cara 
con las manos. A los pocos instantes se acercaron algunos amigos que 
yo había saludado; los dejé parados algún tiempo y mientras tanto, 
una pobre vieja -que no sé de dónde había salido- se sentó a mi 
mesa y yo la miraba por entre los dedos ya mojados. Ella bajaba la 
cabeza y no decía nada; pero tenía una cara tan triste que daban 
ganas de ponerse a llorar... 

El día en que yo di mi primer concierto tenía cierta nerviosidad 
que me venía del cansancio; estaba en la última obra de la primera 
parte del programa y tomé uno de los movimientos con demasiada 
velocidad; ya había intentado detenerme; pero me volví torpe y no 
tenía bastante equilibrio ni fuerza; no me quedó otro recurso que 
seguir; pero las manos se me cansaban, perdía nitidez, y me di cuenta 
de que no llegaría al final. Entonces, antes de pensarlo, ya había 
sacado las manos del teclado y las tenía en la cara; era la primera vez 
que lloraba en escena. 


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Al principio hubo murmullos de sorpresa y no sé por qué alguien 
intentó aplaudir; pero otros chistaron y yo me levanté. Con una mano 
me tapaba los ojos y con la otra tanteaba el piano y trataba de salir 
del escenario. Algunas mujeres gritaron porque creyeron que me 
caería en la platea; y ya iba a franquear una puerta del decorado, 
cuando alguien, desde el paraíso, me gritó: 

—¡¡Cocodriiiloooooü 

Oí risas; pero fui al camerín, me lavé la cara y aparecí en seguida y 
con las manos frescas terminé la primera parte. Al final vinieron a 
saludarme muchas personas y se comentó lo de “cocodrilo”. Yo les 
decía: 

—A mí me parece que el que me gritó eso tiene razón: en realidad 
yo no sé por qué lloro; me viene el llanto y no lo puedo remediar, a lo 
mejor me es tan natural como lo es para el cocodrilo. En fin, yo no sé 
tampoco por qué llora el cocodrilo. 

Una de las personas que me habían presentado tenía la cabeza 
alargada; y como se peinaba dejándose el pelo parado, la cabeza hacía 
pensar en un cepillo. Otro de la rueda lo señaló y me dijo: 

—Aquí, el amigo es médico. ¿Qué dice usted doctor? 

Yo me quedé pálido. Él me miró con ojos de investigador policial 
y me preguntó: 

—Dígame una cosa: ¿cuándo llora más usted, de día o de noche? 

Yo recordé que nunca lloraba en la noche porque a esa hora no 
vendía, y le respondí: 

—Lloro únicamente de día. 

No recuerdo las otras preguntas. Pero al final me aconsejó: 

—No coma carne. Usted tiene una vieja intoxicación. 

A los pocos días me dieron una fiesta en el club principal. Alquilé 
un frac con chaleco blanco impecable y en el momento de mirarme al 
espejo pensaba: “No dirán que este cocodrilo no tiene la barriga 
blanca. ¡Caramba! Creo que ese animal tiene papada como la mía. Y 


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es voraz...”. 

Al llegar al Club encontré poca gente. Entonces me di cuenta que 
había llegado demasiado temprano. Vi a un señor de la comisión y le 
dije que deseaba trabajar un poco en el piano. De esa manera 
disimularía el madrugón. Cruzamos una cortina verde y me encontré 
en una gran sala vacía y preparada para el baile. Frente a la cortina y 
al otro extremo de la sala estaba el piano. Me acompañaron hasta allí 
el señor de la comisión y el conserje; mientras abrían el piano, el 
señor-tenía cejas negras y pelo blanco-me decía que la fiesta tendría 
mucho éxito, que el director del liceo -amigo mío- diría un discurso 
muy lindo y que él ya lo había oído; trató de recordar algunas frases, 
pero después decidió que sería mejor no decirme nada. Yo puse las 
manos en el piano y ellos se fueron. Mientras tocaba pensé: “Esta 
noche no lloraré... quedaría muy feo... el director del liceo es capaz 
de desear que yo llore para demostrar el éxito de su discurso. Pero yo 
no lloraré por nada del mundo”. 

Hacía rato que veía mover la cortina verde; y de pronto salió de 
entre sus pliegues una muchacha alta y de cabellera suelta; cerró los 
ojos como para ver lejos; me miraba y se dirigía a mí trayendo algo 
en una mano; detrás de ella apareció una sirvienta que la alcanzó y le 
empezó a hablar de cerca. Yo aproveché para mirarle las piernas y me 
di cuenta que tenía puesta una sola media; a cada instante hacía 
movimientos que indicaban el fin de la conversación; pero la 
sirvienta seguía hablándole y las dos volvían al asunto como a una 
golosina. Yo seguí tocando el piano y mientras ellas conversaban tuve 
tiempo de pensar: “¿Qué querrá con la media?... ¿Le habrá salido mala 
y sabiendo que yo soy corredor...? ¡Y tan luego en esta fiesta!”. Por fin 
vino y me dijo: 

—Perdone, señor, quisiera que me firmara una media. 

Al principio me reí; y en seguida traté de hablarle como si ya me 
hubieran hecho ese pedido otras veces. Empecé a explicarle cómo 


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era que la media no resistía la pluma; yo ya había solucionado eso 
firmando una etiqueta y después la interesada la pegaba en la media. 
Pero mientras daba estas explicaciones mostraba la experiencia de un 
antiguo comerciante que después se hubiera hecho pianista. Ya me 
empezaba a invadir la angustia, cuando ella se sentó en la silla del 
piano, y al ponerse la media me decía: 

—Es una pena que usted me haya resultado tan mentiroso... debía 
haberme agradecido la idea. 

Yo había puesto los ojos en sus piernas; después los saqué y se me 
trabaron las ideas. Se hizo un silencio de disgusto. Ella, con la cabeza 
inclinada, dejaba caer el pelo; y debajo de aquella cortina rubia, las 
manos se movían como si huyeran. Yo seguía callado y ella no 
terminaba nunca. Al fin, la pierna hizo un movimiento de danza, y el 
pie, en punta, calzó el zapato en el momento de levantarse, las manos 
le recogieron el pelo y ella me hizo un saludo silencioso y se fue. 

Cuando empezó a entrar gente fui al bar. Se me ocurrió pedir 
whisky. El mozo me nombró muchas marcas y como yo no conocía 
ninguna le dije: 

—Deme de esa última. 

Trepé a un banco alto del mostrador y traté de no arrugarme la 
cola del frac. En vez de cocodrilo debía parecer un loro negro. Estaba 
callado, pensaba en la muchacha de la media y me trastornaba el 
recuerdo de sus manos apuradas. 

Me sentí llevado al salón por el director del liceo. Se suspendió un 
momento el baile y él dijo su discurso. Pronunció varias veces las 
palabras “avatares” y “menester”. Cuando aplaudieron yo levanté los 
brazos como un director de orquesta antes de “atacar” y apenas 
hicieron silencio dije: 

—Ahora que debía llorar no puedo. Tampoco puedo hablar y no 
quiero dejar por más tiempo separados los que han de juntarse para 
bailar. Y terminé haciendo una cortesía. 


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Después de mi vuelta, abracé al director del liceo y por encima de 
su hombro vi la muchacha de la media. Ella me sonrió y levantó su 
pollera del lado izquierdo y me mostró el lugar de la media donde 
había pegado un pequeño retrato mío recortado de un programa. Yo 
me sonreí lleno de alegría pero dije una idiotez que todo el mundo 
repitió: 

—Muy bien, muy bien, la pierna del corazón. 

Sin embargo yo me sentí dichoso y fui al bar. Subí de nuevo a un 
banco y el mozo me preguntó: 

—¿Whisky Caballo Blanco? 

Y yo, con el ademán de un mosquetero sacando una espada: 

—Caballo Blanco o Loro Negro. 

Al poco rato vino un muchacho con una mano escondida en la 
espalda: 

—El Pocho me dijo que a usted no le hace mala impresión que le 
digan “Cocodrilo”. 

—Es verdad, me gusta... 

Entonces él sacó la mano de la espalda y me mostró una 
caricatura. Era un gran cocodrilo muy parecido a mí; tenía una 
pequeña mano en la boca, donde los dientes eran un teclado; y de la 
otra mano le colgaba una media; con ella se enjugaba las lágrimas. 

Cuando mis amigos me llevaron al hotel yo pensaba en todo lo 
que había llorado en aquel país y sentía un placer maligno en 
haberlos engañado; me consideraba como un burgués de la angustia. 
Pero cuando estuve solo en mi pieza, me ocurrió algo inesperado: 
primero me miré en el espejo; tenía la caricatura en la mano y 
alternativamente miraba al cocodrilo y a mi cara. De pronto y sin 
haberme propuesto imitar al cocodrilo, mi cara, por su cuenta, se 
echó a llorar. Yo la miraba como a una hermana de quien ignoraba su 
desgracia. Tenía arrugas nuevas y por entre ellas corrían las lágrimas. 
Apagué la luz y me acosté. Mi cara seguía llorando; las lágrimas 


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resbalaban por la nariz y caían por la almohada. Y así me dormí. 
Cuando me desperté sentí el escozor de las lágrimas que se habían 
secado. Quise levantarme y lavarme los ojos; pero tuve miedo que la 
cara se pusiera a llorar de nuevo. Me quedé quieto y hacía girar los 
ojos en la oscuridad, como aquel ciego que tocaba el arpa. 


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